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La trampa silenciosa de la IA: ¿Chile está formando gerentes sin experiencia real?

La automatización elimina tareas básicas, pero también el aprendizaje que ocurría al realizarlas. Las empresas chilenas podrían pagar ese costo más tarde.

Redacción Comunicados Ya|Economía y Trabajo|

Hay una paradoja que empieza a inquietar a quienes estudian el futuro del trabajo: mientras la inteligencia artificial promete liberar a los jóvenes profesionales de las tareas más rutinarias, podría estar eliminando, sin querer, el principal laboratorio donde se forman los líderes empresariales del mañana.

Durante décadas, el primer año en una empresa tenía un guión conocido: recopilar datos, armar presentaciones, resumir informes. Nadie disfrutaba ese trabajo, pero cumplía una función que iba mucho más allá de lo operativo. Era el espacio donde un recién egresado aprendía a leer cómo funciona realmente un negocio, observaba cómo los más experimentados tomaban decisiones difíciles y, sobre todo, se equivocaba en entornos donde el error todavía era tolerable.

Hoy, una herramienta de IA puede completar esas mismas tareas en minutos. La tentación para las empresas chilenas —especialmente las que compiten en mercados exigentes— es evidente: más productividad, menos tiempo perdido en trabajo de bajo valor. El problema, advierten expertos en gestión del talento, es que se está automatizando el trabajo sin reemplazar el aprendizaje que ocurría mientras se hacía.

El impacto no se verá de inmediato en los balances. Pero sí aparecerá cuando esas mismas organizaciones necesiten gerentes capaces de tomar decisiones en escenarios ambiguos, negociar con proveedores difíciles o conducir equipos en medio de una crisis. Ese tipo de juicio no se descarga de ninguna plataforma: se construye con experiencia acumulada.

La distinción es clave: generar un diagnóstico rápido no equivale a tener buen criterio. Una inteligencia artificial puede cruzar datos, detectar patrones y proponer soluciones en segundos. Lo que no puede hacer, al menos no todavía, es determinar si esa recomendación resiste el contacto con la realidad de un cliente específico, un contexto cultural particular o una dinámica de equipo compleja. Una respuesta puede ser impecable en la pantalla y llevar, aun así, a una mala decisión.

Para Chile, donde la escasez de talento directivo es una queja recurrente en sectores como minería, tecnología y servicios financieros, la advertencia es especialmente relevante. El riesgo no es que la IA reemplace a los profesionales, sino que las empresas acumulen una deuda silenciosa de formación que solo se hará visible cuando sea costoso corregirla.

  • Los jóvenes profesionales podrían llegar a posiciones de mayor responsabilidad sin haber desarrollado criterio propio.
  • Las organizaciones perderían la cadena natural de transmisión de conocimiento tácito entre generaciones.
  • El sistema educativo y las empresas deberán rediseñar juntos cómo se forma la experiencia en la era de la automatización.

El desafío, entonces, no es frenar la tecnología ni preservar tareas tediosas por nostalgia. Es diseñar intencionalmente nuevos espacios donde los profesionales del futuro puedan seguir aprendiendo a pensar, a dudar y a equivocarse. Porque eso, por ahora, ningún algoritmo puede enseñarlo.